La Teoría de Agencia y el Emprendimiento en Latinoamérica

Por Hector Peña

Existen muchos mitos que rodean el ambiente emprendedor. Principalmente en Latinoamérica, donde de manera reciente hemos visto la necesidad de crear nuevas formas de negocios, productos, sistemas y procesos para lograr una cierta (y a veces hasta efímera) ventaja competitiva, luchando contra naciones desarrolladas las cuales ya tienen todo un sistema consumado y desarrollado de nuevas creaciones protegidos mediante ecosistemas, instituciones legales, centros académicos y una cultura emprendedora impregnada en la sociedad.

El problema principal nuestro es la cultura. No el folklore, la cultura. Y es que, para que exista emprendimiento se hace necesario, aunque no imprescindible, entender lo que ha adjudicado a Joseph Schumpeter como La Teoría de Agencia.

En términos llanos, y para no aburrirlos, la Teoría de Agencia deja como legado el entendimiento existente entre una persona que descubre, crea o desarrolla un producto, conocido como el Emprendedor. A este, podríamos relacionarlo de manera directa con aquel amigo, conocido o allegado, que es bueno con los planteamientos, las finanzas y la teoría organizacional, al cual podemos llamarle, Administrador.

Pero ambos, para poder crear una organización rentable necesitan de recursos, económicos principalmente, que les permitan adquirir aquellos insumos para lograr producir ganancias. He aquí donde entra el héroe, es decir, el Inversionista.

Entendiendo esto, podemos definir de manera más clara los intereses de cada uno. Primero, el Emprendedor tiene un producto, junto a una necesidad latente de verlo florecer, hacer que el mundo le reconozca como su creador, y de paso obtener ciertas ganancias en la travesía.

Segundo, el Administrador, quien normalmente se preocupa por maximizar las ganancias del producto creado por el Emprendedor, y de esta forma obtener beneficios para sí, mientras cumple con los requerimientos de rentabilidad del Inversionista. Este último, a ser honestos, no le importa nada más que su dinero.

Si notan los dos párrafos anteriores, la percepción de la relación cambia inmediatamente existe un vínculo entre estos tres. Está es, la razón principal de la inexistencia de ecosistemas eficientes en Latinoamérica. Como se expresa más arriba, es un problema de cultura.

Lo primero es, que el Emprendedor debe entender, que con la creación de su producto debe existir cierta responsabilidad. La idea por sí sola no vale NADA. Este producto debe tener un mercado que sea lo suficientemente lucrativo para que haga sentido comercializarlo. El Administrador, es responsable de la eficiencia en la inversión para que el producto genere ganancias, puesto que, al lanzar un producto, mientras mayor mercado tiene, mayor la cantidad de competidores que imitarán la idea, por lo que es imperativo lograr una ventaja competitiva en costos a corto o mediano plazo.

El inversionista en cambio, es el único que tiene su “modus vivendi” resuelto. Por lo que, su única preocupación, debe ser que el Administrador sea la persona ideal para hacer cumplir las expectativas de generación de valor, estipuladas de antemano en el acuerdo.

Viendo este escenario, debemos entender que los inversionistas NO invierten en una idea, invierten en un equipo, ya que se trata de una cadena, la cual, será tan débil como su eslabón más delgado.

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Autor: Hector Peña

Mercadólogo con Postgrado en Inbound Marketing & Branded Content, MBA en Estrategia, Emprendedor y Aprendiz de Político, pero nada de eso me define como persona.

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